Opinión

Exceso de talento

Habría que fijar nuevos límites en la publicidad. Antes el algodón no engañaba en los anuncios y en casa descubríamos que salía ennegrecido. No importaba. Más flisflís, paño húmedo, otro desengrasante y a esperar que la suciedad desapareciese. ¿Que no lo hacía? Pues a probar con los remedios del abuelo, o a seguir rascando, o a cambiar las baldosas. No era para alarmarse.

Ahora, sin embargo, la publicidad enseña la limpieza de nuestro futuro, habla de Capitanes América para aludir a una generación que podría encadenar durante quince años la rima consonante y constante de grados, posgrados, doctorados y títulos de becados no remunerados, y no merecemos una burla tan despiadada. Sobre todo, porque la mayoría seremos parte del pelotón, no de los superhéroes. Pura estadística poblacional.

En las últimas semanas se repite un anuncio de radio que anima a los jóvenes a crear un sistema de pago revolucionario. Quien promueve la idea, una universidad en concreto, sugiere que esta proeza sucedería de elegir una de sus carreras. Seamos realistas. ¿Cuántas personas estamos capacitadas para ello? Y aunque lo estuviésemos, ¿qué hará el resto de lumbreras cuando una lo consiga?

Este tipo de campañas está de moda. En Instagram, tras cada story aparece un máster en recursos humanos que te alienta a ser el que elegirá al próximo Steve Jobs, un curso de mánager deportivo que te seduce con convertirte en un exitoso Mino Raiola. Es imposible. No hay sitio más que para uno. Se lo decía Romeo a Teobaldo: «O tú, o yo, o los dos hemos de ir con él» (en la obra se refería a la muerte, aquí a la bolsa de empleo). Bastante que un egresado se sume al mercado laboral como para que se le vendan motos exclusivas cuando no ha cogido ni un ciclomotor. Los centros educativos tendrían que sentar precedente. No vendría mal que, en una época de filtros fotográficos y edulcorantes, alguien se preocupase por no frustrar más a quien se encuentra tan expuesto a las ilusiones, por garantizar que estudiando en esa institución dispondrá de docentes y herramientas para formarse. Y luego, con perseverancia, desempeñar un cargo digno con el que pagar facturas e ir reuniendo los requisitos hipotecarios.

No ayuda que las empresas se aprovechen de este humo para llamarlos talentos. No todos somos talentos. Talentos eran Rosalind Franklin, Dalí o Alan Turing, también otros que están por venir, pero no el millón que se gradúa. Si ahora los profesionales que contratan a un trabajador se autodenominan talent hunter, entonces que le ofrezcan un salario acorde a sus portentosas condiciones y no la miseria con la que se le ata. Aunque ahí estará la publicidad interna para asegurarle que, con un par de horas extra cada día, será como fulanito, la estrella de la oficina. Con tantas expectativas falsas es muy difícil que alguien sea feliz. Dudo que quepan miles de Einsteins en España, dudo que a este paso alguno sea español y, por supuesto, dudo que confíe en triunfar si sigue oyendo esto de Spanish talent.